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no podía enfocar: sólo veía cómo se movían cosas de un lado a otro

Era una persona muy antisocial. Mi vida era ir a la escuela y volver a casa. No salía nada. Pero apareció el imbécil de R. Ese güey es más grande que yo, pero como repitió muchas veces la prepa, pues lo alcancé. Es un cáncer. Ese cabrón es un cáncer. Por él me volví un desmadre. Empecé a conocer a gente, a hablar con gente. Por la misma época conocí a una chica. Era preciosa. De esas que ves y dices "ni le intento porque estoy del pito: ligas mayores para mí". No sé cómo chingados, pero terminé con ella. La conocí siendo voluntario en Protección Civil. Yo era casi un niño. Tenía dieciséis años. 
     Me empezó a llevar a fiestas familiares y en una de esas conocí a su primo, al dueño del Trópico. En esa fiesta en donde nos conocimos, ese güey parecía muy buen pedo, muy chido. Generaba confianza. Me acuerdo mucho de eso. Después de un ratito, hasta el culo de ebrios, me dijo que fuéramos por más alcohol. Eran como las cinco de la mañana. Ya no había nada abierto, yo no sabía ni dónde estaba ni a dónde iba. Resultó que llegamos al Trópico: por primera vez entré a un putero. Nunca había ido a uno, ni de desmadre. 

 

¿Eras menor de edad?

 

No, ahí ya tenía dieciocho. Ese día estaba cerrado: ese güey abrió con sus llaves y entramos por alcohol. Me acuerdo que le dije ¿No me quieres dar trabajo?, así, de la nada. En la peda cualquier idea es buena. Y me dijo que no. ¿Por qué no? No seas mamón. He estado en Protección Civil: conozco cómo controlar a gente que se pone pesada. “Combativa”, como le llaman en el ámbito prehospitalario. Y me dijo que no otra vez, que me faltaba “carácter”. Y yo, como pinche niño, chingue y chingue: No seas mamón, ándale: dame trabajo. Después de un rato me dijo que lo iba a pensar. De repente un día me marca. ¿Dónde estás? Y le digo aquí, con ella (con su prima: me caga mencionar su nombre porque me hizo mierda). Pues ve a dejarla y te jalas para acá.
     Llegué y había dos entradas: una de servicio y la principal. Él ya me estaba esperando en la de servicio. Ese fue el primer día que vi cómo funcionaba ese ambiente. Estaba sacadísimo de onda. Cuando pasaban chavas ese güey me presentaba: mira, éste es mi primo. A todo mundo le decía eso. Pues vas a trabajar acá. Esa noche me dio de beber, me invitó un privado con una morra. ¿Cuál te gusta? Me dejó escoger.
     Mi primer puesto fue estar en barra: servir todo el pedo. Me explicaron que cuando las chicas ya no querían beber alcohol, tenía que servirles agua. Luego luego empiezas a ver todo como un simple trabajo. Dejas a un lado el morbo, el desmadre. Al segundo día llegó el dueño y me hizo la finta de que me iba a golpear los testículos. Me espanté, obviamente, y después me soltó una cachetada bien dura. Pero no creas que cachetada de ardor, sino un madrazo. Nunca había sentido que mis ojos se movían de su órbita. No podía enfocar: sólo veía cómo se movían cosas de un lado a otro. No supe cómo reaccionar. ¿Qué está pasando aquí, cabrón? Y en eso, llega un pinche mesero y me mete otro putazo, así, de huevos. ¿Ora qué pedo?, ahora sí ya explíquenme. Después entendí que era un juego entre todos los empleados para “generar confianza”. No te podías escamar porque entonces todo el que te viera tenía el derecho a darte un vergazo. Pinche juego de mierda. Yo lo odiaba.

 

Pero eso en rollo novatada, ¿o qué?

 

No, no: todo el tiempo. Si alguien se acercaba, pasaba su brazo y tú te espantabas, aunque estuvieras en la pendeja, te iban a pegar. Yo trataba de controlarlo y no escamarme, pero no podía. Ya estaba hasta la madre, pero imagínate si soltaba una lágrima ahí. Decía que iba al Oxxo y lloraba todo el camino.

 

¿Podías regresar el golpe?

 

En ese momento no. 
     El caso es que fue fluyendo ese pedo y poco a poco me fui “adiestrando”. Cuando a mí me tocaba pegar, pegaba despacio. Hasta que un día un cabrón se me acercó y me dijo oye güey, ¡pégale!, pégale duro porque ese güey cuando te tenga que pegar te va a soltar el putazo fuerte. Y tenía razón. No había de otra. Empecé a entrarle. Si me hubiera negado quizás no me hubiera adentrado tanto. Fue todo muy inconsciente.

Para ese entonces ya conocía bien al dueño: conocía cómo era como esposo, como padre, y era una excelente persona. Todos sus hijos estudiando y practicando deporte. Los morros eran chingones. Ahí yo todavía ganaba relativamente poco: unos setecientos, quinientos pesos diarios.

 

Bueno, a esa edad no es poco.

 

Bueno, no. Pero todo me lo gastaba con mi morra. Y al poco tiempo, que me manda a la verga. Ni le lloré, pero es la que más me ha dolido. Valí mierda. Renuncié y entré a estudiar medicina: primero salvando vidas, luego me estuvieron vergueando como imbécil en un putero, y después a la universidad. Cuando dejé el Trópico dije "a huevo, ya no voy a hacer estas mamadas: voy a ser médico, voy a estar pulcro." Pero igual valí verga. Entonces me inscribí a la academia de policía. Saqué mucho dolor ahí. Fue muy difícil.

​

¿Cuánto tiempo trabajaste en el Trópico?

 

Como medio año nada más.

 

Pero luego, ¿volviste?

 

Sí. Volví. Pero antes entré a la policía. Y ahí también te tratan mal. Me sacaban a las cinco de la mañana mientras llovía, me ponían con manos en la cabeza boca abajo y me tenía que quedar así por horas. Luego de eso, a correr cinco pinches kilómetros.

     Una vez me metieron a un cuarto pequeño, me taparon los ojos y me detonaron dos bombas lacrimógenas, de esas que usan los antidisturbios. Escuché los madrazos, porque se escucha cómo sale el gas, y en ese momento mi cara, mis ojos, mis manos: todo me ardía. No podía respirar. Aguanté lo más que pude y después ya: ‘ámonos a la mierda. Me quité esa madre de los ojos, pero aún así no veía nada (por el gas). El caso es que encontré la puerta. Salí tosiendo, vomité y me puse a llorar. Todos estaban aplaudiendo: fui el único que había durado tanto. Cuatro minutos con las putas bombas ahí adentro. A todos se lo habían hecho. 

 

Eso sí era tipo novatada.

 

Más bien era como el examen final. Era para ver si tenías huevos. Pero yo estaba bien emputado. ¡Bien hecho!, me dijo el comandante. ¡Nel, váyanse a la verga! Pero ya no lloraba por el gas sino por el sentimiento. Yo había estado en la escuela de medicina, leyendo en una biblioteca, y ahora ahí, hecho mierda.

 

¿Por qué dejaste medicina?


Me sacaron por faltas. Era bueno y estudiaba un chingo, pero me iba a quedar con la morra y pues faltaba. Yo sacaba mis libros y me ponía a leer mientras ella dormía. Neta era bueno. Pero me sacaron y pensé que podía ser un buen policía.
     Bastaron cuatro días para corromperme. Yo iba muy decidido a no ser corrupto. El que la cague, la paga: a mí me vale pito. Así entré: no quería “arreglarme” con nadie. Y así fue al principio: oficial, écheme la mano. Y yo decía nel. Era bien mamador. Un día paré a un güey, bajó su vidrio en corto y me aventó quinientos varos. Oficial, vengo bien pedo. Y que acelera. Yo no tenía patrulla, andaba caminando: ni modo que corriera detrás de ese pendejo. Me quedé en shock y luego recogí el dinero. Yo ganaba mil ochocientos al mes: esos quinientos varos eran un buen porcentaje extra a lo que me pagaban.
     No me volví tan corrupto porque sí me daba remordimiento. Nunca pedía, pero si me lo ofrecían lo agarraba. Y pues ¡no mames!, la gente te lo ofrece mucho. Mucho. No conozco ningún policía que quiera hacer el mal, o que quiera que la delincuencia invada, porque también son padres, también tienen familia y a todos nos chinga ese pedo. En México dicen que un policía tiene un pie en la cárcel y otro en el panteón. Y es que es así: o la cagas, o la cagas. El caso: que mi papá se enteró de que estaba en “la poli” y se encabronó como no tienes idea.

 

¿Todo eso lo hacías sin decirle a tus papás? ¿Vivías solo?

 

Mi abuela sí sabía. Mi abuela y mi mamá. Pero ese güey me dijo yo no te quiero de policleto, y me emputé porque, oye, un policleto es un cabrón que anda en bici. Yo no ando en bici: yo voy a andar en una moto: yo todavía bien mamón. Pues no: ponte a estudiar algo. Ese día pasé por la presidencia y vi que había una exposición: era de arquitectura. Se veía bonito. "A huevo, voy a estudiar esto". Luego luego se lo dije. Ya sé qué quiero estudiar y ya sé dónde. Y cámara: entré a arquitectura. Ahí conocí a M.
     Dos años después se embaraza. La embarazo. Nos embarazamos. Amo a mi hijo como no te imaginas, pero en ese momento "¿qué verga iba a hacer?" Yo quería que abortara. Fui culero para que viera que no era bueno tener un hijo conmigo. Ya estaba desesperado, quería convencerla. Yo lo voy a tener contigo o sin ti, si quieres vete. Y no lo pude hacer. Porque ese padre del que te hablé, no es mi padre: es un idiota que decidió quereme en vez del imbécil donador de espermas que no quiso hacerlo. No quise hacer lo mismo, ser lo mismo. Sé qué se siente, y la cagada es de dos. Pues ¡a chingarle!

     Un día resulta que estaba con R y ellos, y de repente: vamos al Trópico. Pues va. Ahí vamos todos juntos a echar desmadre. Llegamos y los empleados bien buen pedo saludándome. Llega el patrón, nos saludamos y que se me prende el foco: güey, necesito paro. Me metió a un cuartito, me puso una línea de coca, y le conté. Dame chamba: necesito trabajar. Y necesito que me hagas paro para salir antes y poder seguir estudiando. Dijo que sí. Ahí voy, otra vez, pendejamente, bien emocionado: creyendo que iba a estar de huevos. A los pocos días me presento a trabajar, y peor: ¿qué voy a hacer? Llega un güey, me hace señas para que lo siga, entramos al baño, me da un trapeador y me dice vas a ser El Cacas.
     Yo encabronadísimo porque tenía que limpiar toda la mierda, las vomitadas de gente ebria en un putero. Estaba que me llevaba la verga. Mi sueldo eran cincuenta pesos diarios. ¡Cincuenta varos! ¡No mames! Pero güey, es que ése es tu sueldo, pero eres libre de hacer en los baños lo que tú quieras. Y yo de ¿qué verga voy a hacer ahí? Tú tranquilo: hay lana en los baños. Eso me lo dijo feliz el mismo pendejo que hace años me había dicho que pegara duro.
     ¿Cómo va a haber lana ahí? Me explicó y pues ¡a huevo! Tráete Halls, cigarros, paletas; échales perfume y se los dejas caer culero: les cobras chido. Y, claro, si viene una persona aquí quizás tenga que regresar a casa con su pareja oficial: ni modo que apeste a putero. Entonces les ensartaba unos pinches botecitos de perfume que me costaban veinte varos y se los vendía en ciento cincuenta: no seas mamón, ¡respeta! Vas a llegar con tu señora. Y me daban dinero como idiotas. Luego nomás por pasarles el papel de baño me daban un chingo de propina. Así empecé.

     Ese baño yo lo mantenía impecable. El pedo era limpiarlo a la primera. Después lo mantenía limpio y ya estaba más relax. A veces hasta me dormía ahí, paradito, porque eso sí, ni verga: no te podías sentar. Al final cumplía con mi trabajo para que no me diera tanto asco. Si un cabrón vomitaba, le cobraba cuatrocientos varos por limpiar su vómito, o que lo limpiara él. Una vez uno me dijo pues yo lo limpio. Pues límpialo. Préstame las cosas. Si quieres que te preste mis cosas para que limpies tu vómito son doscientos varos.
     Otro día un compa me dijo oye, ahorita viene un dealer con un chingo de dinero. Te paras en la puerta y yo me meto detrás de él. Se mete el cabrón, se mete el mesero y empezamos a empujar para que nadie más entrara. Este güey meando, y de repente el mesero lo agarra del cuello. El otro, todo sacado de pedo, se suelta el pito para intentar defenderse, porque ya no respiraba. Ya desmayado, el mesero agarra su cartera, saca el dinero y la avienta por la ventana. Despierta a este cabrón, y que se sale. Esa noche me tocaron siete mil pesos. 
     El jefe empezó a darse cuenta, empezó a ver que estaba “agarrando carácter”, como él decía. Me sacó de los baños y me dijo ahora vas a ser El Papi. ¿Qué es esa madre? Tu puesto es ayudar a las chicas: te voy a pagar para que seas su gato. Me hacían vestirlas, desvestirlas. No mames, ¡son culeras! No sabía cómo desatorar los pinches ligueros de las medias y me pendejeaban. ¿Qué? ¿Nunca has desvestido a una mujer? Me mandaban al Oxxo a comprarles cosas, y así me trajeron un buen rato. Yo no tenía permiso de contestarles.
     Eso no estaba funcionando chido, y decidí que las iba a cuidar. A veces los vatos les hacen lo que quieren ya que están bien pedas. Casi se las quieren coger ahí y, en primera, si quieres eso hay que pagar más. Segundo, ¡no mames!, está muerta, no se mueve. Pinches necrófilos. Entonces yo las cargaba y las metía al departamento o las llevaba a su hotel. Y poco a poco ellas me empezaron a dar comisiones. Trabajaba de martes a sábado. Ganaba tres, cuatro mil varos. 
     Me empezó a rendir la lana y empecé a querer más. Se lo dije al jefe y me puso a meserear. Ahí tocaba convivir más con los clientes. Ya todas las chicas me querían, me gané su confianza. Me mandaban al Oxxo y me dejaban comprarme cosas, o me regalaban el cambio. Se volvieron mis amigas. Mis hijos piensan que soy mesera, me dijo una vez una. ¡No mames! Una mesera que gana casi doce mil varos diarios, ¿quién le va a creer? Otra me dijo que lo que ganaba era para sus estudios. A ésa la quería un chingo, hasta me daban celos.
     Juntos ganábamos dinero y juntos nos teníamos que cuidar. Le pegaba a los güeyes que se pasaban de verga, y eran putizas de verdad. No entiendo cómo fue que no maté a alguien y que nadie me mató a mí. Me apuntaron en la frente tres veces. Llegué a golpear con bates y extintores en la cabeza. Ya, ya no me pegues. Y yo les seguía dando bien duro. 

 

¿Qué era “pasarse”? ¿Qué tipo de cosas merecían esa putiza?

 

Pues pasarte de lanza con la morra. Que no quieran pagar. Golpearla. No mames: si le pegaban a una, todos los meseros salían como leones. Si vas a ir a un putero, ve cuánto dinero tienes y paga lo que quieras con ese dinero: nunca te endrogues.
     Una vez terminé con la cara cubierta de sangre. Ni me di cuenta. Entré al baño a lavarme la cara porque sentí sudor: creí que era sudor. De hecho, me metí al baño de las chicas porque es el único que tiene espejo, y cuando levanté la cara entendí que yo no podía seguir ahí. El agua escurría roja roja roja. No era mi sangre. Llegué a la casa y M se me quedó viendo bien sacada de pedo. ¿Qué hiciste? Nada. No te pases de verga, me dijo. Como tú mandas a la gente a su casa, un día vas a llegar así.
     Además el consumo de drogas era igual denso. Yo ganaba mucho. Para mí un gramo de coca en el Trópico era como respirar. Más porque salía del trabajo y de ahí a la escuela: tenía que aguantar vara. Me metí cristal, me metí piedra. Es una porquería. Es una basura. Es un monstruo. La putería es un monstruo. Es como un abismo que si miras dentro de él, él también mira dentro de ti. Sufres, no eres feliz; tienes dinero pero el dinero no es felicidad. El dinero te vuelve mamador; el dinero te vuelve prepotente, te vuelve farol. Me siento mal porque traté mal, denigré. A veces mis amigos me pedían dinero prestado: quince, veinte pesos para el pasaje. Ten, pendejo, doscientos varos. Ahorita lo pienso y ¿quién mierda era?
     Todo ese año, ya siendo un trabajador de confianza, ganando buena lana, drogándome, hubieron como siete veces que estuve al borde del suicidio. Muchas crisis existenciales. Ganas de suicidarme todo el tiempo, todo el tiempo. No de pensarlo sino neta, a un paso de hacer una pendejada. Y digo una pendejada porque creo que la muerte es lo más chingón del mundo, lo más natural si llega sola. Todos estamos juntos en esta mierda y todos aguantamos vara. Todos podemos ayudarnos. He estado en ese punto de tener un arma en el hocico. Y luego tener esa pinche bala en el mueble y usarla como inspiración porque preferí tenerla ahí que en mi cabeza.

 

O sea, ¿todavía la guardas?

 

Todavía la tengo. Se la di a M: se la puse en la mano y me dijo ¿qué pedo? Te la regalo ¿Para qué? Para que veas que me importas, y me importa mi hijo; te la regalo porque esa pinche bala debería de estar en mi frente. Lloré un chingo. Como ahorita, que quiero chillar. Ahí está, me acuerdo muy bien cómo es. Muy grande. Me hubiera hecho caca.
     Decidí dejar esa madre para siempre. Me gané demasiada confianza de ese güey, de mi jefe, pero no por ser yo: por ser yo están mis amigos, mi novia. Ahí gané confianza y dinero por ser lo que querían que fuera, por ser un pinche zombi obedeciendo órdenes. Nada más. Yo no pensaba, era irracional. Actuaba bajo influencias. Todo el tiempo. 

 

Por una parte entiendo lo que dices. Que sí, que al actuar en esos ambientes uno se ve forzado a hacer lo que los otros esperan que hagas, porque si no, pues es la guerra del más fuerte, ¿no? O coges o te cogen. Definitivamente no está chido casi-matar a alguien pero, por otra parte, hasta cierto punto sí está “chido”, por ejemplo, que asumiste la labor de defender a las morras que trabajan ahí. Y tampoco digo que ellas dependan de esa figura paternalista que las proteja, o sí. No lo sé, en ese contexto...

 

Es un ambiente de sexo, pero también de alcohol, armas, drogas. Es eso. Las morras están todo el tiempo en peligro. La gente que trabaja ahí igual. Está feo, está culero. Fue un año de robar, clonar tarjetas, de intentos de suicido...

 

Y en esa etapa, ¿nunca dejaste la escuela?


No, jamás. Pero muchas veces iba sólo a drogarme, a hacerme pendejo. Agradezco haber tenido amigos que me ayudaron en esa época. Si no, hubiera valido pito. No hubiera acabado. Gracias a ellos ahora trabajo como arquitecto.
    Cuando me salí del trabajo mi jefe me dijo que no, que no lo hiciera. Le dije que sí. Que era por dos razones: o me iba a morir o no iba a acabar de estudiar. O sea, una lleva a la otra, ¿no?, pero a huevo iba a pasar una de las dos. Después me enteré que ese güey se quedó muy encabronado porque yo tenía llaves del bar, conocía todo, había tenido toda su confianza. Pero eso no basta. Jamás iba a llenar un vacío que ahí estaba. Yo quería estar solo todo el tiempo: no quería estar con mi hijo, no quería estar con M, no quería ver a mi familia. No quería nada. Una vez que lo dejé, pues otra vez: a empezar de cero.

 

¿No ahorraste ni un peso? ¿Te lo quemaste todo?

 

Todo. Hasta el último puto centavo me lo inhalé. Se lo inhalaron mis compas. Lo único que hice fue comprarme una moto y este celular, que en su momento costó diez mil varos. No es nada a comparación de lo que “ganaba”. No tengo nada de ese dinero, pero aprendí mucho. A no ser idiota, al menos con el dinero. M me hizo. Nos mantuvo un rato. Yo nada más estudiaba.
    Y tengo una suerte cabrona; todo me llega solo, no busco casi nada. Un día estaba echado: mi mujer trabajando, mi hijo en la guardería, y yo sin nada que hacer, y que me llama un cuate. Ya no trabajas en Trópico, ¿verdad? No, ya no. Me di cuenta que era lo que todos mis amigos querían: que no estuviera ahí. Qué cagado, ¿no? ¿Por qué no me lo dijeron en su momento, culeros? Querían que yo decidiera lo que tenía que hacer. Yo no me esperaría a que estuvieran tan de la verga. Entonces me preguntó si quería trabajar en Protección Civil. Y pues cámara: otra vez a salvar vidas. 
    Era lo mío, lo que tuve que haber hecho siempre. También duele mucho. Estás mucho tiempo alrededor del dolor. Además a un paramédico nadie le agradece: se lo agradecen más a Dios que a ti, pero bueno. Luego, es mal pagado. Y te critican si llevas los ojos caídos: creen que siempre vas drogado. Igual y sí... pero igual y no. Ya sólo me metía marihuana.

​

Aquella semana que nos contaste que iban a hacerles antidóping, ¿te lo hicieron?

​

No. Jamás. Y renuncié justamente antier. Me dolió como no tienes idea. Era mi vida: es mi vida. Quizá ser arquitecto no era lo que quería. No, no lo era. Pero mi director, el director de Protección Civil, me dijo que puedo ir cuando quiera. Es un ambiente muy raro pero se vuelve muy personal.
    Una noche estábamos en la base y nos reportan que se metió una morra al Centenario, y desde hace tiempo ese parque ya lo cierran por las noches. La policía se dio cuenta que había alguien dentro, y era una chava dándose madrazos en las piernas, en los brazos, con un pinche triángulo de vidrio, así, gruesote, muy filoso. Bien duro. Se acercaban los policías y se picaba más. Entonces decidieron no acercarse y nos mandaron a traer.
    Y ahí voy. Decido acercarme. Se seguía picando. Si te acercas más, voy a seguir. Síguele, a mí no me está doliendo. Para cuando te desmayes te vamos a salvar la vida antes de que te des cuenta. Fue muy frío, pero sentí que iba a servir. Así no te vas a matar: sólo te estás lastimando. Y que se saca de pedo. Se podía matar cagada de la risa, pero yo le dije que no. Logré que parara, me senté junto a ella y nos pusimo a platicar. Pinche frío de medianoche y yo sentado en un parque, con una morra desconocida, alumbrados por lámparas de policías. Pero fui yo quien la detuvo. Creo que necesitaba a alguien que la escuchara.
    No tengo idea qué pasó con ella. Eso es lo malo. Que sientes mucho, no sé. No te encariñas porque estás tan poco tiempo con la gente en el ámbito prehospitalario, pero cuando la dejas de ver tan pronto y se van, en todos los sentidos, es doloroso. Se van sin decirte adiós, se te mueren o se mueren en el hospital. Es doloroso ver a una mamá que perdió a un hijo, o un hijo que perdió a su mamá. Pero te haces frío. No hay de otra.

            

Tu trabajo anterior probablemente te haya dado herramientas para este otro mundo. Es irónico.

 

En el Trópico yo provocaba dolor, lastimé a mucha gente. Es muy diferente a querer curar. Es más fácil dañar. 

 

Pero ¿te sirvió? No porque la labor sea igual, incluso es opuesta, pero eso te hizo reflexionar. Sin ese trabajo pensarías de otra manera.

 

Quizás. Porque, te digo, no pegaba por querer, sino porque me decían "pega" y yo, como puto perro amaestrado, lo hacía. Pero creo que Protección Civil fue un confort. Diría que ¿espiritual? No. ¿Cómo lo podría explicar? No sé. Fue algo. Cambió completamente mi vida. Creo que es como mi medicina: ir a enterarme de los problemas de la gente cuando estoy pensando mierdas, y darme cuenta que soy insignificante.
    Lo extraño.

 

¿Piensas volver?

 

Obviamente. Desde los dieciséis he estado temporal, intermitentemente ahí. Incluso cuando trabajaba en el Trópico fui un par de veces. Puedo ir cuando quiera. La cosa es que ya invertí intelectual y económicamente para ser arquitecto. Ni pedo. ¡A darle!


Al Trópico, después de renunciar, ¿volviste?
 

Sí. De hecho no volví a ver al dueño hasta una vez, cuando yo ya trabajaba en Protección Civil, que un cabrón se paró en frente de mi patrulla en un lugar que no debía y yo, con lo mucho que me caga que manejen mal, le tuve que decir que se quitara. Resulta que era mi ex jefe. Me dio miedo, pero me bajé y le dije necesito hablar contigo. Y también con tu esposa. ¿Para qué o qué? Todo sacado de pedo. Ya voy a acabar mi carrera: quiero que sean mis padrinos de graduación. 
    Se emocionó un chingo. Nunca había sido padrino de algo profesional. Sólo de esas cosas de bautizo y primera comunión. Me hizo una comida grande. (Y su prima, ¡su prima! Se arrepiente, la maldita). Él y yo ahora somos amigos. De hecho hace rato estábamos hablando. Me dijo que quiere construir el Trópico. Le dije que sí, sin pedos: yo te lo diseño todo. Porque donde estaba es un lugar que se renta y se adapta, pero si construye pensando en todas las necesidades, que ahora las conozco…

​

Eso te iba a decir: siendo mesero, “papi”, personal de aseo, paramédico y arquitecto…

 

Lo vamos a hacer bien. Le dije que no quiero robar, no quiero pegarle a nadie y no quiero que el bar se queme. Si vamos a construir esta mierda, es porque vamos a hacer una casa de citas chingona. Donde nadie se pueda pasar de verga. Y dijo que sí, que ya está por comprar el terreno. 

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